sábado, noviembre 20, 2004

[Fragmento]

Fragmento de "La conquista del pan", de Piotr Kropotkin (Revolucionario y teórico del anarquismo ruso (Moscú, 1842 - Dmitrov, 1921)). :


Confesamos con franqueza que al pensar en los abismos de miseria y sufrimiento que nos rodean, al oír las frases desgarradoras de los obreros que recorren las calles pidiendo trabajo, nos repugna discutir esta cuestión: en una sociedad donde nadie tenga hambre, ¿cómo haremos para satisfacer a tal o cual persona deseosa de poseer una porcelana de Sèvres o un vestido de terciopelo?
Tentaciones nos dan de decir por única respuesta: Aseguremos lo primero el pan, y después ya hablaremos de la porcelana y del terciopelo.
Pero puesto que es preciso reconocer que además de los alimentos el hombre tiene otras necesidades, y puesto que la fuerza del anarquismo está precisamente en que comprende todas las facultades humanas y todas las pasiones, sin ignorar ninguna, vamos a decir en pocas palabras cómo podría conseguirse satisfacer todas las necesidades intelectuales y artísticas del hombre.
Ya hemos dicho que trabajando cuatro o cinco horas diarias hasta la edad de cuarenta y cinco a cincuenta años, el hombre podría cómodamente producir todo lo necesario para garantizar el bienestar a la sociedad.
Pero la jornada del hombre habituado al trabajo y valiéndose de máquinas, no es de cinco horas, sino de diez, trescientos días al año toda su vida. Así destruye su salud y embota su inteligencia. Sin embargo, cuando puede variar las ocupaciones, y sobre todo alternar la labor manual con el trabajo intelectual, está ocupado con gusto y sin fatigarse diez y doce horas. Asociándose con otros, esas cinco o seis horas le darían plena posibilidad de proporcionarse cuanto quisiera, además de lo necesario asegurado a todos.
Entonces se formarán grupos compuestos de escritores, cajistas, impresores, grabadores y dibujantes, animados todos ellos de un propósito común: la propagación de sus ideas predilectas.
Hoy el escritor sabe que hay una bestia de carga, el obrero, a quien por tres o cuatro pesetas diarias puede confiar la impresión de sus libros; pero no se cuida de saber qué es una imprenta. Si el cajista se envenena con el polvillo de plomo, si el muchacho que da al volante de la máquina muere de anemia, ¿no hay otros miserables para reemplazarlos?
Pero cuando ya no haya hambrientos prontos a vender sus brazos por una ruin pitanza, cuando el explotado de ayer haya recibido instrucción y pueda dar a luz sus ideas en el papel y comunicárselas a los demás, forzoso será que los literatos y los sabios se asocien entre sí para imprimir sus versos y su prosa.
Mientras el escritor considere la blusa y el trabajo manual como un indicio de inferioridad, le parecerá asombroso eso de que un autor componga él mismo su libro con caracteres de plomo, ¿No tiene el gimnasio y el juego de dominó para descansar de sus fatigas? Pero cuando haya desaparecido el oprobio en que se tiene el trabajo manual; cuando todos se vean obligados a hacer uso de sus brazos, no teniendo sobre quién descargarse de ese deber, ¡oh! entonces los escritores y sus admiradores de uno y otro sexo aprenderán muy pronto a manejar el componedor o aparato de caracteres; conocerán los apreciadores de la obra que se imprima, el gozo de acudir todos juntos a componerla y verla salir hermosa, con su virginal pureza, tirándola en una máquina rotativa. Esas magnificas máquinas -instrumento de suplicio para el niño que las mueve hoy desde la mañana a la noche- llegarán a ser un manantial de goces para los que las empleen con el fin de dar voz al pensamiento de sus autores favoritos.
¿Perderá con ello algo la literatura? ¿Será menos poeta el poeta después de haber trabajado en los campos o colaborado con sus manos para multiplicar su obra? ¿Perderá el novelista algo de su conocimiento del corazón humano después de haberse codeado con el hombre en la fábrica, en el bosque, en el trazado de un camino y en el taller? Hacer estas preguntas es contestarlas.
Ciertos libros serán quizá menos voluminosos, pero se imprimirán menos páginas para decir más. Tal vez se publique menos papel manchado, pero lo que se imprima será mejor leído y más apreciado. El libro se dirigirá a un circulo más vasto de lectores más instruidos, más aptos para juzgarlo.
Además, el arte de la imprenta, que ha progresado tan poco desde Gutenberg, está aún en la infancia. Aún se invierten dos horas en componer con letras móviles lo que se escribe en diez minutos, y se buscan procedimientos más expeditos para multiplicar el pensamiento. Se encontrarán.
¡Ah! Si cada escritor tuviese que intervenir en la impresión de sus libros, ¡cuántos progresos hubiera hecho ya la imprenta! No estaríamos aún con los tipos movibles del siglo XVII